Marc Caellas

Las listas.

Imaginemos una ciudad donde nadie trabaja ya por necesidad, imaginemos un mundo donde todos son artistas. Nadie fabrica nada. Nadie vende comida. No hay oficinas. Todo el mundo está consagrado a su arte. Pero ahora podríamos morir de inanición… Imaginemos ese mundo en el que las artes se impusieron a los oficios. El carnicero se dedica ahora al cine y el panadero cambió el pan por la escultura. El sueño cultural igualitarista se ha cumplido: cualquiera es artista y el mundo se dispone a morir de hambre... Un escritor y un pintor, F y G, a los que hace tiempo les falta la inspiración que en realidad nunca llegaron a tener, están al borde de un ataque de inanición y se entretienen repasando una lista de alimentos en extinción. F ha escrito dos cuentos. Pero este bagaje y otros proyectos que parten de una sola frase inicial le bastan para sentirse en el reino de las letras. G ha pintado un par de cuadros que nadie compra y, como su compañero, también cree que tiene el derecho de subsistir sin hacer nada más. Los dos circulan con sus tics en sillas de ruedas «para ahorrar energía». Los dos son el símbolo de un absurdo mundo en el que todos quieren ser creadores. Nadie se ocupa de la agricultura ni de las tiendas. Los supermercados se han convertido en galerías de arte. Unos escriben, otros pintan y no faltan los que hacen cine. «Nunca ha habido tantos artistas y tan poco arte», proclama F. Y sigue la lista: «Tomates, un kilo; zanahorias, nada; pan, dos barras. ¿Cacahuetes? No quedan...» Ante lo inexorable de la realidad los dos personajes fantasean cambiando la forma de hacer los listados: por días, por letras, pero la incertidumbre sigue: ¿qué comerán mañana? Pasa el tiempo y la despensa se vacía. No quedan patatas, ni embutidos, ni atún... Hasta que un granjero aparece en sus vidas. Pero, el granjero, también lleva tiempo escuchando el canto de las musas y quiere dejar el cultivo por la cultura: se siente poeta. La contundente metáfora sobre la banalización del arte se completa con la irrupción de ese granjero. Es la salvación. Él les suministrará comida a cambio de que F sea su mentor literario. ¿Acaso el granjero tiene verdadero talento o es tan mediocre como F? No es ése el problema, sino un dilema moral. F cree en el talento del granjero y, por tanto, no puede traicionar su propio espíritu artístico. So pena, claro, de quedarse para siempre sin huevos y sin chorizo. Con un final sorpresivo la farsa termina y comienza la vida. Las Listas en Arcadia