Marc Caellas

CARACAOS

Publicado por Melusina

Caracaos, por Gustavo Valle Con esa o intercalada. Esa o de asombro. O de ojo. En alguna parte leí que en fenicio la o significa ojo. CaracaOs. Allí está la diferencia, en esa o que es también el ojo indiscreto de Marc Caellas incrustado en la Caracas que todos conocemos, o más bien, que nadie conoce a ciencia cierta, de la que no tenemos ni puta idea. “Es más fácil entenderse con un monstruo que con lo contrario de un monstruo”, dice Marc que dice Cioran. Y una exploración de Caracas pasa por amigarse o dialogar con su condición monstruosa. Y como todo monstruo, a este no le falta ternura, y tampoco ingenuidad; le sobra amor. Como a los adolescentes el acné le brota por todos lados, también le brota dulzura, y dan ganas de piropearla cuando pasa o cuando pasamos por ella a pesar de sus espinillas, su exceso de rímel y su falta de sensatez. Caracaos es un diario de viaje, una tentativa antropológica, un libro de relatos, un libro de crónicas, una guía turística, una libreta de apuntes, una recopilación de citas, una discografía arbitraria. Y en medio de todo eso, como atravesándolo de este a oeste, la experiencia como protagonista, como eje, la experiencia como el mismísimo río Güaire que junto con toda su mierda y todo su desparpajo atraviesa la ciudad de punta a punta. La puesta en escena de la experiencia extranjera, una extranjería mimetizada que salió del cómodo patio de butacas de la embajada de España con su pinta de oligarca pitiyanki ojos azules para acudir a ese circo urbano, esa selva de cemento donde hay fieras salvajes, cómo no. Eso dice Héctor Lavoe en Juanito Alimaña, pero Marc lo mete en catalán traducido al venezolano y hace de la salsa una presencia en el libro, quizás porque la salsa es también un mezclote, un caos, o porque no hay forma de entender a esa ciudad que se resiste al conocimiento sin el auxilio de Eddie Palmieri machacando los teclados o Ray Barreto rompiendo los cueros. Por cierto, una vez que yo termine de leer estos párrafos y alguien saque el ron y otro ponga música, disfrutaremos del desempeño de Marc Caellas en los ritmos tropicales después de haber quemado durante varios años las pistas caraqueñas. Inmersión. Esa palabra hay que destacarla en este libro. Inmersión en las redes de ese caos hedonista para representar la experiencia en las tarimas de teatros no convencionales como la vieja casa de Pérez Jiménez en el Country Club, o el cuarto de un Hotel con Jacuzzi, o el cuarto de un hotel mugroso, o en un carro volando hacia la Gran Sabana mientras ruge Massive Attack, o en El maní es así, en una mesa del maní es así junto a una botella de ron. Esos son los escenarios de esta puesta en escena de la inmersión que nos propone Caracaos. Que todo sea real o que todo sea ficción, o cuáles son las proporciones de una cosa y de otra no importa. Al menos en este libro no importa. Escribir es una manera de mentir diciendo la verdad y de ser sinceros con la mentira. Incluso el que dice la verdad y nada más que la verdad miente, y el que pretende convencernos de que todo lo que escribe es ficción también miente. La verdad verdadera está en la urgencia de las palabras. Y la urgencia de Caracaos está en las palabras que su autor articula y arroja para componer su libro, bien sea copiando un epígrafe, echándonos un cuento, elaborando una reflexión o regalándonos un poema o una foto. Todo eso, en apariencia caótico, es el hábitat natural de este libro, y al mismo tiempo un intento de simulacro urbano. Por eso Caracaos es un artefacto formal, a pesar de hacer todos los esfuerzos para no parecerlo, es un artefacto formal. No se trata de un simple anecdotario. Es cierto que todo el libro está plagado de anécdotas, de ese yo auto ficcionado, auto fingido, auto afligido metiéndose en problemas y jugando a llenar la mochila de mundologías varias. Pero esas anécdotas están permanentemente dislocadas por la pregunta ¿Cómo coño cuento yo esta vaina?, con qué recursos narrativos, con qué herramientas estéticas puedo abordar esos recuerdos, esa memoria. Cómo cristalizar en palabras lo que la experiencia nos ofrece en carne viva. En el libro no hay una sola referencia, al menos explícita, acerca de este asunto, pero al leerlo uno se pregunta estas cosas, quizás porque los libros de experiencias son a su vez incesantes reflexiones acerca de los recuerdos, cómo se adhieren a nuestra vida, cómo se esfuman o cómo cambian. El tema de la carne es importante en Caracaos. Es un libro carnívoro porque se ocupa de los cuerpos, del amor a los cuerpos, de la piel, de la cama, de las revolcadas, de las chupadas, de los gemidos. Y sobre todo de las fantasías que nos empeñamos en cultivar con todas estas cosas. Hay celebración del amor, y no podía ser de otra forma, porque no existe otra manera de conocer una ciudad que cogiéndosela. Ustedes se preguntarán: ¿cómo es eso de cogerse una ciudad? Pues bien, van a tener que leer el libro para enterarse. En la tapa está la famosa foto de Nelson Garrido en la que el Parque Central sangra como la gran menstruación nacional de un país que se desarticula y autodestruye. Ese país público también está en el libro, pero como telón de fondo. Un telón de fondo que merecería un volumen aparte. La política está en Caracaos,¿cómo no iba a estar?, y también está el control de cambio y la revolución y la oposición y los malandros y la policía. Pero todo eso está como durmiendo la siesta, o quizás en forma de esas horribles pesadillas que soñamos cuando dormimos la siesta. Por cierto, como buen español o catalán, la siesta es muy importante para el autor de Caracaos. Los asesores culturales de las embajadas españolas en Latinoamérica deberían promoverla como parte de su gestión cultural, como el mascarón de proa de su gestión cultural en nuestros sudacas países insomnes. Fragmento de la fotonovela El extraño caso de la sin título, de Deborah Castillo



Rutina #1, Marín Castillo Morales / María Antonia Rodrígueza



Han escrito sobre Caracaos: ”Acabo de leer Caracaos de Marc Caellas. Aunque no sé si leer es el término adecuado. Porque tengo la sensación de haber recorrido las calles de la ciudad, de haber rumbeado en sus noches, de haber bailado salsa, de haber compartido intimidad con mujeres de todo pelaje y condición, de haberme saltado las normas una y otra vez. Y además me he reído. Yo diría que incluso tengo resaca. La conclusión es que me siento exhausto y feliz. Pero como soy un poco celoso no sé si recomendárselo a nadie.”
Juan Trejo